El amanecer no acaba de darle color al cielo gris de Undredal. La nieve cae tan espesa y fina que parece la capa de un gigante.
Stefanie Rusist oye como le crujen los huesos a cada movimiento. Mira a través de la ventana llevándose la mano a la boca para cubrir un bostezo.
A pesar de la tormenta, el pueblo hoy le parece más bonito que de costumbre. El río que corre a gran velocidad arrastra ramas y bloques de hielo. Los árboles se doblan cada vez que el viento exagera. Las casas más cercanas casi no se ven.
La anciana mujer oye como llaman a la puerta. Preguntarse quién puede ser a estas horas y en pleno vendaval de nieve tiene su lógica.
Arrastra los pies lentamente hacia el portal de madera maciza.
Alguien sigue llamando.
Abre, esperando que se trate del viejo Tom que a menudo le trae pescado arrebatado al mar durante la noche por los chicos del puerto. Pero ante ella, en esta ocasión, no se materializa ningún trozo de salmón o de bacalao.
El hombre la saluda sin sonreír y mientras entra respira profundamente el olor a miel que envuelve la casa.
No es ni el miedo ni la sorpresa lo que le hace aumentar sus latidos. Es más que nada una sensación de incomodidad al ver ahí de pie, cubierto de nieve, a ese hombre.
Sin maquillar, aún medio dormida. Se da cuenta de estar impresentable.
- Preparo en seguida un poco de té.
El hombre se lo agradece. La mujer le da la espalda y abre una alacena, de la que saca un par de tazas. El chirrido de la puerta que se cierra cubre un ruido casi imperceptible tras ella: el leve crujido del parquet bajo el peso del hombre, que se ha acercado.
Stefanie se gira y no ve ni siquiera llegar un puñetazo a su garganta que le bloquea la respiración y la vista. Al caer, logra solamente oír a lo lejos cómo la porcelana de las tazas se hace añicos en el suelo.
Stefanie Rusist oye como le crujen los huesos a cada movimiento. Mira a través de la ventana llevándose la mano a la boca para cubrir un bostezo.
A pesar de la tormenta, el pueblo hoy le parece más bonito que de costumbre. El río que corre a gran velocidad arrastra ramas y bloques de hielo. Los árboles se doblan cada vez que el viento exagera. Las casas más cercanas casi no se ven.
La anciana mujer oye como llaman a la puerta. Preguntarse quién puede ser a estas horas y en pleno vendaval de nieve tiene su lógica.
Arrastra los pies lentamente hacia el portal de madera maciza.
Alguien sigue llamando.
Abre, esperando que se trate del viejo Tom que a menudo le trae pescado arrebatado al mar durante la noche por los chicos del puerto. Pero ante ella, en esta ocasión, no se materializa ningún trozo de salmón o de bacalao.
El hombre la saluda sin sonreír y mientras entra respira profundamente el olor a miel que envuelve la casa.
No es ni el miedo ni la sorpresa lo que le hace aumentar sus latidos. Es más que nada una sensación de incomodidad al ver ahí de pie, cubierto de nieve, a ese hombre.
Sin maquillar, aún medio dormida. Se da cuenta de estar impresentable.
- Preparo en seguida un poco de té.
El hombre se lo agradece. La mujer le da la espalda y abre una alacena, de la que saca un par de tazas. El chirrido de la puerta que se cierra cubre un ruido casi imperceptible tras ella: el leve crujido del parquet bajo el peso del hombre, que se ha acercado.
Stefanie se gira y no ve ni siquiera llegar un puñetazo a su garganta que le bloquea la respiración y la vista. Al caer, logra solamente oír a lo lejos cómo la porcelana de las tazas se hace añicos en el suelo.
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Vertigine è distribuito dalla 0111 Edizioni, da L.S. Distribuzione editoriale e da EdiQ Distribuzione.
ISBN: 9788863071382
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News per i lettori di Padova: numerose copie di Vertigine sono disponibili presso l'edicola Grigoletto Angela in via Vittorio Veneto 71.



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